La importancia cultural del teatro en Francia

« ¡Es una roca… un pico… un cabo…! ¿Qué digo un cabo?… ¡es toda una península!» Así se burlaba de su nariz Cyrano de Bergerac ante la multitud. Una línea conocida por todos, que ha pasado de generación en generación, sin envejecer.

Al igual que los libros, las pinturas, las esculturas o cualquier otra forma de arte, el teatro sigue siendo un medio cultural importante. Pero los cuadros se desvanecen, las estatuas se rompen y los libros se desgarran.

El teatro, en cambio, no sufre los estragos del tiempo. Su dimensión oral le permite resistir los años y adaptarse a su tiempo. En un país como Francia, donde el arte de la interpretación comenzó en la Edad Media, la cultura teatral es muy fuerte.

Podemos entonces preguntarnos cómo ha influido el teatro en la cultura francesa.

El arte de la emoción

El teatro es ante todo una reproducción del comportamiento humano. Actuar es la capacidad de recrear escenas de la vida para compartir las emociones con el mayor número de personas posible.

Actuar es la capacidad de sumergirse en la mente de otra persona y hacer creer al público que esa persona está realmente presente frente a él. Un tipo de mimetismo similar a crear duplicados de llaves en cerrajerías de Barcelona.

En su origen alrededor del siglo XII el teatro francés tenía un alcance principalmente religioso. De este modo, cualquier individuo, alfabetizado o no, educado o no, podía entender el mensaje. Muy pronto nacieron nuevos géneros y el papel del teatro se fue desarrollando.

Más que una herramienta de educación religiosa y entretenimiento, se convirtió en un vehículo de educación social, pero también de crítica religiosa y política. Los dramaturgos se burlaban del clero, del rey y del poder en general.

Un tesoro nacional a preservar

El teatro alcanzó su máximo esplendor entre 1600 y 1900, sobre todo en el siglo XVIII. Después del Renacimiento, surgió el teatro clásico con grandes autores como Pierre Corneille, Jean Racine y Molière.

Las obras se convirtieron en verdaderos espectáculos y se prestó especial atención a la puesta en escena, los decorados y el vestuario.

Gran amante de las artes escénicas, Luis XIV decidió en 1680 fundar la Comédie-Française fusionando la compañía del Hôtel de Bourgogne y la del Hôtel Guénégaud. El teatro se convirtió así en un bien nacional que había que proteger y que permitía a Francia brillar en el plano cultural.

En la actualidad, el Estado sigue muy implicado en el mundo de la escena, ya que mantiene bajo su tutela varios teatros franceses.

El espíritu francés

A lo largo de los años, el teatro ha proporcionado a los franceses material suficiente para construir una cultura común a partir de las grandes obras. Algunas líneas se han convertido en referencias de culto y han pasado a formar parte del patrimonio nacional.

Del mismo modo, el teatro refleja el espíritu francés. Entre la elegancia, el preciosismo y la poesía, algunos dramaturgos encarnan a Francia en toda su finura y sutileza. Con los dramas románticos de Alfred de Musset o Victor Hugo, el teatro francés muestra una exquisita delicadeza.

Además de la musicalidad de las palabras y la inteligencia de las tramas, el teatro francés se distingue también por la ironía y la caricatura. Molière es un gran ejemplo de ello. Se burló de la burguesía, a veces codiciosa, a veces ingenua, a veces hipocondríaca, y alteró el orden social.

Utilizó sus vicios y debilidades para crear personajes que hicieran reír a la gente, pero también sirvió de pretexto para deslizar una moraleja social en cada una de sus obras. Este espíritu irreverente forma ya parte de la cultura francesa por derecho propio, moldeando el humor francés.

Una verdad intemporal

Tanto si fueron escritos en 1650 como en 1890, los textos teatrales siguen convenciendo al público actual. Al tratar de los sentimientos y el comportamiento humanos, las obras de teatro permanecen inalteradas por los cambios de los tiempos.

Una obra como Les précieuses ridicules de Molière resuena con la misma intensidad en el mundo actual que en el siglo XVII. Las «précieuses» ya no son las mismas, han evolucionado, pero siguen teniendo la misma forma de actuar. Lo mismo ocurre con la mayoría de las obras.

Sin embargo, el teatro tiene cada vez más dificultades para interesar a las nuevas generaciones, que se ahogan en la creciente oferta de entretenimiento.  Por eso se están probando muchas soluciones para atraer al mayor número posible de personas.

Ya no es necesario ir al teatro. Uno puede simplemente ver una obra de teatro en la televisión o en el cine a un coste menor. Esta democratización del teatro pretende despertar el interés del mayor número de personas.

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